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Inicio este blog con la intención de aportar control de calidad al trabajo con los blogs. En estos momentos se está primando por encima de todo la cantidad de entradas. Da igual el tema. Cuanto más masificado esté, mejor. Lo importante es, parece, posicionamiento, visitas, número de páginas e ingresos por publicidad. No seré yo quien vaya a discutir o modificar esos parámetros. Ni me corresponde ni tengo capacidad para ello. Tampoco tengo nada contra ellos y yo mismo participo de la fiesta. Pero no se pueden aceptar entradas sin calidad expresiva y gramatical. No se pueden aceptar traducciones automáticas. Se ha de revisar la coherencia y la cohesión de lo que escribimos. Se ha de revisar la ortografía. Y si un "bloguer" en concreto, escribe alguna incorrección, ha de haber una supervisión posterior por parte de los responsables de la plataforma. Nos merecemos, quienes leemos y escribimos, ese control de calidad. ¿Está la blogosfera en la fase del todo vale? Esperemos que no.
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miércoles, 6 de enero de 2010

Escribir desde el interior

Gimferrer nos ayuda a escribir, nos abre el abanico de las posibilidades, nos invita a la reflexión y a la originalidad:

El hombre que trabajaba, aquel día, en una mesa de despacho, es escritor, y se llama Julio Cortázar. Tiene cerca de sesenta años entonces, pero he dicho ya que, por la cara, no podríamos decir su edad. El trabajo es más bien rutinario, maquinal: corrección de unas pruebas de imprenta, las galeradas de una novela. Pero, todos los que escribimos lo sabemos: un trabajo de este tipo no es nunca un simple trámite de comprobación. Volviendo a leer las palabras, a veces no nos parecen lo suficientemente justas, son inexactas o, al contrario, insistentes. No puede haber repetición ni poquedad. A veces, es preciso que algún estímulo exterior nos ayude a no amodorrarnos, a no leer pasivamente, a no dejarnos llevar por la inercia. El hombre ha encendido, pues la radio. Todos lo boletines informativos hablan de la matanza que ha tenido lugar durante los Juegos Olímpicos de Munich. ¿Lo que el hombre siente ha de entrar, en cierto modo, en lo que escribe? Entra, al menos, en este caso. El hombre comprueba que los amos de la Tierra se permiten las más eficaces lágrimas de cocodrilo deplorando "la violación de la paz olímpica en estos días en que los pueblos olvidan sus querellas y diferencias". Las palabras no son de Cortázar; él las pone entre comillas. Y ­exasperado, abrupto­ pregunta luego: "¿Olvidan? ¿Quién olvida?". Es la pregunta de un moralista; una pregunta ética.

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